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Pin Up

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En el número 302 del Magazine del rotativo El Mundo, de 10 de Julio de 2005, se hicieron eco de un proyecto fotográfico con varias modelos y actrices españolas (Marta Torné, Paula Vázquez, etc.), todo ello con un toque Pin Up o, mejor dicho, "Nose Art" (si hablamos de dibujos en proas de aviones), en el cual vieron que no podían prescindir de nuestra Patricia.

Me pareció correcto dejaros trascrito el artículo de David Gistau y la entrevista que realizó Ana Ramírez a nuestra vallisoletana favorita.

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PIN UP 2005, Chicas de calendario

Mediados de los 40. El hongo atómico acaba de precipitar el final de la guerra en el mal llamado océano Pacífico. El Emperador humilla su naturaleza divina al inclinarse ante un general americano cuyos revólveres tienen cachas de marfil. Las tripulaciones de la Armada, que ya no tienen que temer los ataques en picado de los Zero, debieran relajarse para cumplir tan sólo con los preceptos estratégicos de una ocupación planteada como tránsito hacia otro tiempo. Y, sin embargo, se propaga la consigna de mantenerse alerta, porque hay noticia de ciertas operaciones de comando —golpes de mano nocturnos, nadadores que escalan las cubiertas— concebidas, como si de nuevos Paris se tratara, para consumar el rapto de Esther Williams. Me explico.

Todo comenzó en el USS Parks, durante el conflicto. Allí, un oficial tenía colgado de su taquilla un retrato autografiado de la pin-up anfibia, vestida con el uniforme de la Armada y con el cabello desordenado por el viento. La dedicatoria del retrato era tan íntima, tan cariñosa, que el oficial presumía de que, cuando regresara a casa, la Williams estaría esperándole en el muelle. El caso es que la tripulación entera se confesaba enamorada de la pin-up. E incluso convirtió la fotografía, como los antiguos hacían con el mascarón de proa, en una superstición, en una cábala a la que se atribuía toda la buena suerte que les bendecía en los combates. Un día, antes de la rendición japonesa, el oficial recibió una orden de traslado a otro buque. Para impedir que se llevara con él a Esther, le robaron el retrato: le raptaron a su Helena. El suceso en seguida se transformó en un juego que fue famoso en la Armada durante todos los años siguientes, más allá de la guerra de Corea. Se trataba de ir robándose los unos a los otros la "Trophy Copy", el retrato de la así ungida madrina colectiva, en la así custodiada como símbolo de una unidad igual que las legiones sacralizaban sus águilas y consideraban una afrenta perderlas. La única regla obligaba a los oficiales del barco que en cada momento fuera dueño del trofeo a colgar la fotografía en un lugar visible, quedando prohibido esconderlo.

Por lo demás, todo valía: golpes de mano nocturnos, nadadores escalando las cubiertas, acechando el barco en el que viajara Esther Williams. Todavía hoy, los veteranos australianos del Nizam reclaman el honor de haber sido ellos los que llevaron a Esther Williams hasta la bahía de Tokio durante la invasión. Antes de serle robada, por supuesto, por alguna otra tripulación que también la perdió después.

La anécdota revela dónde cuajó la importancia universal de las chicas de calendario, de las next door girls: las pin-up, herederas todas de una estética que arranca en el dibujo con Betty Boop. Con su erotismo liviano —rara vez aparece desnuda—, con su picardía inocente tan de baile de graduación, se convirtieron en el ideal romántico de los soldados metidos en la enorme riña de la Segunda Guerra Mundial. Y, también, en una especie de recordatorio de por quién luchaban: por esa reina de la belleza de la que no se esperaba una existencia turbia y viciosa como luego fue la de las starlettes o las gruppies sesenta y ochistas, sino una madurez de poner a enfriar tartas de manzana en el alféizar de la ventana. Si en los romances galantes, antes de aventurarse en una justa, el caballero llevaba enlazado en el brazo el pañuelo ofrendado por una doncella, los bombarderos norteamericanos, a la manera del Memphis Belle o del propio Enola Gay, llevaban pintado en el fuselaje a una pin-up inspiradora. Esto, por cierto, creó incluso toda una corriente artística, volcada también en los tatuajes, que pervive hoy en día con el nombre de nose-art, arte-nariz, porque procede del morro de los aviones. Donde no sólo hay mujeres: basta recordar la dentadura de tiburón de los Mustang.

De todas las pin-ups consagradas por los combatientes, la más importante fue sin duda Betty Grable, que tenía las piernas aseguradas en un millón de dólares y de quien se dijo que, durante el conflicto, estuvo colgada en dos millones de taquillas militares y tatuada en miles de brazos y de torsos. Un detalle delata su fama, ya casi olvidada salvo por los fetichistas de la materia. En Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg, hay una escena en que un soldado alemán, arrodillado delante de la patrulla del capitán Miller, suplica por su vida porque teme ir a ser ejecutado. Para ablandar la furia de sus captores, el alemán suelta toda una retahíla de virtudes atribuibles a la sociedad americana. Entre otras cosas, dice: "Betty Grable… Buenas tetas…".

Otra Betty, apellidada Page, es tal vez la pin-up más misteriosa. Golpeada por una infancia dickensiana llena de pobreza y de abusos, de navidades con tan sólo una naranja para cenar, tuvo una irrupción esplendorosa gracias a un posado en una playa, con las olas rompiéndole en el culo. En el 34, desapareció sin dejar rastro alguno, lo cual la elevó a la categoría de enigma. Muchos años después, se supo que tan sólo se había apartado del escenario para contraer matrimonio y diluirse en la normalidad de las existencias con mascota y cercas blancas, porque de alguna manera Jesús le había comunicado que no le gustaba que anduviera desnudándose. Pero en los años de su desaparición se convirtió en un mito porque el dibujante Dave Stevens le robó los rasgos para ponérselos a la heroína del cómic Rocketeer. De ahí, su rostro y su contorno pasaron a otros cómics y a innumerables talleres de tatuaje de la costa Oeste. Hay incluso un cómic español, el Torpedo 1936,de Abulí y Bernet, en el que casi todas las bellezas fatales tienen la melena negra, los pómulos escurridos y los labios pletóricos de Betty Page.

El dibujo es una de las vías de consagración de las pin-ups. Están los elegantísimos de Alberto Vargas para la revista Esquire, que fueron asumidos como un modelo al que todavía se deben autores como Labanda, cuyas pin-ups sofisticadas y algo anoréxicas, menos carnales como mandan las modas de nuestro tiempo, son una adaptación actual del género. Incluso Jessica Rabbit, la mujer fatal que se defendió diciendo "No soy mala. Es que me dibujaron así", es un homenaje en clave de humor a un estereotipo en el que resulta fácil adivinar a Rita Hayworth quitándose el guante. Quien por cierto fue prácticamente reconstruida en un quirófano para aligerarle la latinidad —hasta le borraron el nombre de Margarita Cansino— y ajustarla al molde de los calendarios. Pero la primera pin-up de carne y hueso, la precursora de esta especie zoológica, fue Clara Bow. La It Girl. El It se refería a que ella personalizaba un Todo eso que en los años 20 era la liberación de la mujer mediante el arma del erotismo, del apetito feroz, de la suficiencia sexual que también caracterizó a la Mae West —como Clara, mejor cuanto más mala— que se permitía frases inolvidables como aquella de "Tienes una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme". Ellas abrieron el camino para otras como Joan Leslie, quien decía desnudarse para poder tener, algún día, "dos hijos médicos". Lo conseguiría, por cierto.

La atracción que despertaban estas mujeres era ambigua, lo mismo convocaba a mujeres que a hombres. Tanto fue así, que una jovencísima Marlene Dietrich le pidió una vez a Mae West que le dejara lavar el pelo. Se lo negó, porque, según dijo la West, "no estaba segura de que se refiriera al pelo de la cabeza". Después de inventar un ideal erótico, Clara Bow envejeció mal, condenada a una muerte en absoluta soledad, un crepúsculo parecido al de Gloria Swanson cuando, diosa ella, bajó la escalera para Otto Preminger.

Hay un momento, a partir de los 50, en que las pin-ups evolucionan hacia registros más atrevidos, más golfos, por así decirlo. No serán ya tanto la doncella del romance galante como el objeto sexual con el que se ha de decorar una buena fiesta o una película.

En parte ocurre porque un joven redactor despedido del Esquire, un tal Hugh Hefner, diseña en la cocina de su apartamento, con una foto de Marilyn como póster central, una nueva revista que se llamará Playboy, "la revista para leer con una sola mano", como la llamó Tom Wolfe. Ahí, al prototipo de pin-up se le dará una vuelta de tuerca más explícita, y para definirla se acuñará el término Playmate. De esa nueva corriente proceden pin-ups como la propia Marilyn, quien saltó a la fama después de mucho lampar por las oscuridades de Hollywood gracias a un mítico desnudo con fondo de terciopelo rojo. Y Jayne Mansfield, la que fue concebida como reverso tenebroso de Marilyn, directamente como una anti-Marilyn con unas medidas ciclópeas de ?02-56-89 y un aspecto híbrido entre mujer y zodiac. La Mansfield, justo cuando andaba extraviada en fiestas excesivas, en los arrabales del glamour, murió decapitada por la mala suerte de sufrir un accidente de tráfico yendo en un descapotable. Mucho menos elegante, esa muerte, que la de Isadora Duncan, a quien tan sólo se le quedó la bufanda prendida en la rueda de un Morgan.

Para acabar, no se puede obviar a la pin-up más arrepentida de haberlo sido. Antes de que el compromiso político la convirtiera en la Hanoi Baby, se dejó vestir de Barbarella por Roger Vadim, quien aseguró haberlo hecho porque el "goce de verla desnuda" tenía que compartirse. Desde entonces, Jane no ha dejado de pedir perdón por traicionarse a sí misma como cheese-cake girl, que así también se conoce a la pin-up.

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Entrevista a Patricia Conde

Ana Ramírez
TODA UNA “PIN-UP”, DULCE Y DE VALLADOLID (1979), DISPUESTA A HACER REÍR. MIENTRAS VUELVE “SPLUNGE” Y LLEGA UN PAPEL INTERESANTE EN EL CINE, ANDA DE GIRA CON “5MUJERES.COM” Y SUS MONÓLOGOS

P. ¿ES DIFÍCIL SER UN BOMBÓN? Gracias, pero no me reconozco. A veces soy resultona, cuando me maquillo y me arreglo un poco (risas). Aunque me digan mil veces qué guapa, no me lo acabo de creer; tengo otros valores en la vida y no me guío por la belleza.
P. ¿ES GOLOSA? Sí, me cuesta quitarme el dulce. Soy de las que cometo el pecado y luego digo ¡ups! [tocándose la cintura] ¿qué es esto?: tengo sesión de fotos, así que dos días de abdominales y lechuguita. Pero sólo por trabajo; no me preocupa no tener medidas de modelo, porque no lo soy, no vivo de mi imagen.
P. ¿AL PRINCIPIO LE AYUDÓ MÁS LA CARA MONA O EL DESPARPAJO? Ni una cara bonita ni ser alta y mona. Tener éxito en tu trabajo haciendo lo que sabes hacer. Una actriz ofrece un papel, no ella misma. La gente me conoce por los personajes: la pija que no se entera de nada, la macarrilla... Siempre basados en el humor, porque soy muy optimista, desde que me levanto hasta que me acuesto, siempre me ocurre algo divertido.
P. ¿Y ESA CARITA PICARONA? De pequeña siempre lo fui, pero buena en el fondo, y ponía cara de “yo no he sido”. Eso era de jovencita, ahora ya no, tengo 25...
P. ya es madura. Más que antes. Una vez que empiezas a utilizar contorno de ojos, te creces (risas).
P. RUBIA Y TONTA. ¿LO ES O SE LO HACE? ¿Y quién te ha dicho a ti que yo sea rubia y que sea tonta? Son tópicos que existen en todos los ámbitos y profesiones. Quizá es algo que se han inventado los feos para salir del paso, para decir: “Bueno ¿y qué? yo soy súper inteligente”.
P. ¿QUÉ LE DICEN POR LA CALLE? Bueno, los albañiles ya sabemos todas cómo son... Muy majetes y siempre de buen ánimo. Y como Madrid siempre está en obras, da igual por la calle que pases, que siempre te dicen algo.
P. ¿SE RETOCARÍA? Creo que es innecesario pasar por una anestesia por un capricho, porque no te gusta tu nariz o tus pómulos. Si no me gustase lo que tengo por mis genes, no sé si lo haría.
P. ESO ES QUE ESTÁ CONTENTA. No, es que me conformo. Si tienes buena salud, gente alrededor, valores, trabajo..., ¿para qué? Es pecar de vanidad.
P. ¿NO ES VANIDOSA? Nada. La vanidad y la felicidad son incompatibles.
P. ¿QUÉ LES ENVIDIA A LAS “PIN-UP”? Quizá esa manera de desenvolverse delante de la cámara, gustándose, tan sensuales.
P. ¿Y SI VIERA SU FOTO EN UN TALLER? Y ¿por qué no? Si va a alegrar a los trabajadores... Aunque no creo, prefieren poner la de Pamela Anderson o Carmen Electra.
P. ¿UN MODELO DE MUJER? Me gusta Brigitte Bardot, pero tampoco la consideraría un mito. No soy fan de nadie, porque en realidad, no los conozco personalmente.
P. ¿Y ACTUAL? Me encanta el trabajo de Nicole Kidman.



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